La primera vez
De camino a la casa de
Sebas, mientras el frío seco del invierno madrileño enrojecía mis mejillas, no
paraba de pensar si de verdad conocía a este chico. Su cara me era familiar,
como cuando sueñas con alguien que crees que conoces y te suena su cara.
Probablemente me lo habría cruzado por Segovia.
Antes de darme cuenta,
mientras buceaba en mis pensamientos, llegué al portal de la casa de Sebas.
Llamé al timbre sin pensarlo dos veces y a los pocos segundos me abrió sin
preguntar. Supuse que sabía que era yo.
La puerta del piso estaba
abierta. Fui a llamar con los nudillos para avisar de que era yo, pero antes de
rozarla escuché su voz ronca.
- Pasa, por favor.
Estaba en el pasillo sentado,
jugueteando con el gatito. Parecía completamente diferente a las otras veces en
las que había estado con él. Llevaba puesto un pijama gris y negro de manga
corta y estaba totalmente despeinado. Sus brazos se intuían fuertes y su
característico olor estaba por todos lados.
Al verme se levantó del
suelo y se acercó a saludarme. Me dio dos besos y me ofreció algo para beber.
Estuvimos hablando del
gatito, de las cosas graciosas que hacía y de cómo se asustaba con el sonido de
la aspiradora.
Casi sin darme cuenta dieron
las doce de la noche.
- Me tengo que ir –dije,
alarmada por la hora.
- Es tarde, ¿trabajas
mañana?
- No, pero tengo que
estudiar.
- Podrías… podrías quedarte
a cenar si quieres.
- Sí, claro –respondí, algo
vergonzosa.
Estuvimos cenando y hablando
hasta que se hizo el silencio.
En ese momento sentí unas
ganas inmensas de besarle. Antes de decidir hacerlo me levanté y cogí mis cosas,
algo apurada, para salir de su casa.
De repente se levantó, me
cogió del brazo y me besó. Sentí cómo su calor y su aroma me envolvían. En la
calle llovía y su olor se mezclaba con el de la tierra mojada.
Nos envolvimos entre besos y
abrazos en su sofá.
La ropa se resbalaba de
nuestros cuerpos como si fuera de seda.
En ese momento ya no éramos
dos desconocidos, sino dos personas refugiándose en el cuerpo del otro.
Fuimos a su habitación a
oscuras y sin separar los labios el uno del otro. Todo estaba oscuro pero, en
nuestro interior, la oscuridad se tornaba de rojo intenso. Al llegar a la cama,
completamente desnudos, nos entregamos por completo a la pasión y la euforia.
Tras horas, caímos exhaustos
de la pasión.
Todo fue perfecto, por lo menos, durante esa noche. A la mañana siguiente todo se complicaría.
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