El aniversario
La noche
era una de las más oscuras que Sebas recordaba. Desde la ventana de su décimo
piso contemplaba la oscuridad que sólo las madrugadas de diciembre nos dan.
Fumaba un cigarrillo, probablemente mentolado. Liado en una manta de cuadros
contemplaba cómo se consumía entre sus dedos. Cerró la ventana de su piso
diáfano y sin casi muebles, todos de un tono blanco. No se oía ni un ruido,
algo completamente normal ya que vivía solo.
Siempre
había sido un chico solitario. No se encontraba incómodo en esa situación.
Había vivido en varias ciudades, pero no sentía que encajase en ninguna. Hacía
cinco años había encontrado un trabajo en Madrid. Volvió de Londres y
reorganizó su vida. Reorganizar la vida, como si fuera fácil.
A sus 30
años, Sebas podía presumir de tener un cuerpo esculpido a base de sacrificio y
gimnasio. Era un poco hiperactivo, sus ojos eran de un color verde grisáceo y
lucía una dentadura perfecta. Todo esto lo convertía en un chico atractivo,
pero para nada tenía éxito con las mujeres. Tampoco es que le importara mucho,
él siempre estaba "ocupado", aunque no tuviera nada que hacer.
Volvió a
su habitación. Era amplia y con una gran ventana frente a la cama, desde la
cual se podía contemplar cómo los árboles agitaban sus hojas. La habitación tenía
todos los muebles blancos, y únicamente dos fotos: una de una cena de navidad
con su familia y otra… Otra que le recordaba al pasado del que huyó y por el
que tenía ese carácter tan reservado.
Se metió
en la cama, pero lejos de volver a conciliar el sueño, cogió la tablet y navegó
por varios periódicos buscando, nervioso, la noticia. Esa noticia que todos los
11 de diciembre se hacía eco en las portadas de la mayoría de periódicos. Ese
error, el error que lo marcaría de por vida.
Efectivamente ahí estaba. Cuando la vió, sintió lo que había
sentido los cinco últimos 11 de diciembre. Cinco años desde que todo se volvió
oscuro, más incluso que esa madrugada. No lo aguantó. Salió de la cama y se fue
a la ducha para que el agua se llevara sus pensamientos.
Llegó al hospital, como siempre que entraba por la mañana, una
hora antes. Eran las siete. Llegó a la cafetería y pidió un café cortado con
hielo. Daba igual que época del año fuese o la temperatura. Siempre cortado con
hielos.
Sebas trabajaba en el hospital Las Rosas de Madrid, un hospital
privado en el barrio que tiene el mismo nombre que éste. Trabajaba en el
departamento de radio diagnóstico. Era bastante acorde con su actitud solitaria
pues apenas tenía que tratar con pacientes. Esto no quiere decir que hiciera
mal su trabajo, era un médico entregado y bastante involucrado con sus
clientes.
Ese día yo llegué al hospital por primera vez. Mi nombre es Lara,
estudiante de enfermería. A la edad de 23 años retomé mis estudios
universitarios y decidí estudiar esta carrera tan vocacional.
Eran las siete y media y llegaba al hospital medio dormida. Café
en una mano y en la otra todos los apuntes que tendría que estudiar después de
un duro día.
Mis ojos se toparon con los suyos en las escaleras de la planta de
radiología. Sonreí y le di los buenos días, obteniendo como única respuesta un
elevamiento de sus cejas.
Mi primer pensamiento fue: este tío es imbécil. No era consciente
de todo lo que íbamos a vivir juntos.
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