La sala de curas
Estaba en la sala de curas. Habían pasado dos días desde la primera vez que
lo vi, cuando una compañera me dijo que había un médico que necesitaba un
vendaje. Era él. Se había cortado con algún instrumental de su consulta. El
corte no era demasiado profundo. Entró y me saludó con el mismo levantamiento
de cejas con el que me había saludado la última vez, pero sin mediar palabra.
Le pregunté que qué le había ocurrido mientras le precisaba los cuidados que
necesitaba para que dejara de sangrar. Un descuido con el instrumental de
radiodiagnóstico, respondió. Su voz era ronca y serena. Le expliqué que iba a
tener que darle algunos puntos. Mientras limpiaba la herida, con agua oxigenada
y una gasa, olí su perfume. Quizá no era perfume y fuese su olor corporal, pero,
en cualquier caso, era un aroma embriagador. Su piel era suave. Cuando te toca
un médico sientes una especie de calor, en parte relacionado con la
tranquilidad que te brinda el saber que estás en manos expertas. En su caso fue
al revés. Al tocarlo sentí que su mano temblaba.
Al terminar de vendarlo me dio las gracias, y, muy educadamente, salió de
la sala llevándose con él su particular aroma.
Cuando salía del hospital pude reconocerlo. Llevaba una chaqueta de cuero y
estaba quitando el candado de seguridad a una moto Harley negra que había en el
aparcamiento. Yo iba a clase. Esa tarde no pude quitarme la imagen de su mano
temblando mientras le curaba la herida. Algo extraño había en ese muchacho.
Sebas, al salir del hospital, se dirigía a casa con la mente distraída.
Aunque hubieran pasado cinco años, aún no había podido perdonarse lo que pasó.
Él era consciente de que no fue su culpa, pero, aun así, todos los días se
culpaba por lo que pudo ser y no fue. Qué habrían hecho en su lugar y cómo
poder evitar lo que pasó eran las preguntas que más se repetía.
Distraído, volvió a mirar a la calzada, cuando, de repente, un cachorro de
gato se cruzó delante de la moto. Giró e intentó evitar la catástrofe. Por
suerte, pudo hacerlo. Volcó la moto y rasgó la chaqueta de cuero negra que
llevaba. Gracias a ésta sólo se magulló un poco el brazo.
El cachorro parecía estar asustado. Salió corriendo despavorido y metió la
pata en una alcantarilla.
Sebas se levantó, se quitó la chaqueta, aparcó la moto y fue a socorrer al
pobre cachorro que estaba atrapado. Lo rescató, lo envolvió en la chaqueta y lo
subió a su casa.
Entró en su piso, sacó un cuenco y agua, lo puso en el suelo. El cachorro
fue con una actitud desconfiada hasta el cuenco, lo olió varias veces y, tras
un rato, empezó a tomarse el agua que Sebas le había puesto.
Mientras que el gato bebía, Sebas buscó alguna toalla que pudiera servir
como cama a su nuevo compañero de piso. Él no podía consentir que hubiera un
animal en la calle, pero no se lo podía quedar. Al siguiente día pondría
carteles para buscarle un dueño. El cachorro era precioso, de un color naranja
intenso con el hocico blanco y las patas blancas también.
Al día siguiente lo volví a ver. Estaba en la entrada del hospital pegando
un cartel de “Se busca dueño”. Yo siempre había querido tener un animal en
casa, así que me acerqué a él para preguntarle. Su olor, ese olor que lo
envolvía, se hacía más intenso a medida que me acercaba. Tanto que al final
pasé de largo, no era capaz de hablarle. Cuando salí de las prácticas, cogí uno
de los carteles con su número y lo llamé.
Respondió de forma educada. Estuvimos hablando sobre cómo era el animal y
quedamos en vernos en una cafetería cercana al hospital a la salida.
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