La salvaguarda

No podía parar de mirar el reloj. Eran las ocho de la tarde y, desde la Sala de curas, donde pasaba la mayor parte de mi vida en el hospital, se veían las gotas de agua que empezaban a caer. No llovía desde primavera. ¿Sería una señal?

Cerca del hospital hay un bar que se llama La Salvaguarda. Una cafetería acogedora donde el personal del hospital se reunía para tomarse un café y hablar de las difíciles horas por las que pasaba el sector de la sanidad en España. Guardias demasiado largas, rotaciones no acorde con los residentes…

 Las nueve era mi hora de salida. Fui a los vestuarios y me cambié de ropa. Estaba especialmente nerviosa. No me gustan los días de lluvia, me recuerdan a personas que ya no están con nosotros. Sin embargo, a todos nos gusta ese olor que aparece con las primeras lluvias del año, cuando el suelo se humedece.

La cafetería estaba casi desierta. Se acercaba la hora del cierre. Es un sitio precioso, con muchas mesas y lámparas colgadas en el centro de cada una de ellas, proporcionando una luz tenue e íntima que invita a la conversación.

Llegué acelerada pensando que Sebas podría estar esperando. No fue así. Yo llegué en primer lugar. Elegí una mesa algo retirada de las que estaban ocupadas. Al poco de llegar apareció él. Me volvió a saludar con su característico levantamiento de cejas desde la entrada del bar. La diferencia fue que cuando llegó a la mesa me dio dos besos. Su barba era suave, y su olor inconfundible.

Su olor se mezclaba con el olor de la tierra mojada, ese olor tan característico que tiene la tierra cuando llueve tras varios meses sin lluvia.

-Voy a pedir un café, ¿quieres algo?- dijo.

- Sí, gracias, un descafeinado.

No sabía muy bien que responder, me extrañaba verlo fuera del hospital, sin su uniforme verde y ancho.

- Entonces, ¿te gustaría adoptar al gatito, no?

- Sí, creo que me podría dar algo de compañía al llegar a casa.

- ¿Vives sola?

- Sí, mis padres tienen un estudio cerca del hospital.

- Entonces tus padres son de Madrid, ¿no?

- No, soy de Segovia, toda mi familia vive allí. Mis padres compraron un estudio en
Madrid hace años y ahora que estoy aquí estudiando me viene bien.

- Yo también soy de Segovia, pero hace años que no vivo allí. Mis padres viven en Canarias actualmente y yo llevo años viajando. 
En ese momento Lara pensó en que su cara le era familiar, pero no sabía el porqué. Aún no. Sebas siguió hablando.

- Pues el gatito me lo encontré el otro día, el mismo día que me hice la herida de la mano. Se me cruzó en la carretera y me caí de la moto. El pobre animal se asustó y metió la pata en una alcantarilla. En ese momento me di cuenta que no tenía dueño y decidí buscarle un hogar. ¿Tú tienes experiencia con animales?

- Sí, mis padres tienen un perro. De hecho, estuve pensando en ser veterinaria o enfermera, pero al final me decanté por estudiar enfermería.

- Está bien. El gatito la verdad es que es muy tranquilo, solo maúlla cuando hay ruidos por las mañanas.

- Por mi parte, ¡encantada de adoptarlo! -Exclamé con demasiado entusiasmo.

- Perfecto. -dijo con una sonrisa entre dientes, como si quisiera reírse, pero aguantara las ganas.

- ¿Cuándo podría recogerlo?

-El viernes estoy saliente de guardia, así que si te parece bien, podríamos quedar el
Viernes por la tarde.

-Perfecto, cuando salga de las prácticas podría pasarme.

Me dio su dirección y seguimos hablando un rato más. Tenía una forma de expresarse algo cortante, aunque era simpático a la par. Me desconcertaba un poco.

Llegué a casa y no podía parar de pensar que su cara me era familiar. No entendía el porqué. Hacía tiempo que no iba a Segovia, desde el accidente de Celia.


Lara tenía ganas de saber más de la vida de este misterioso chico y tenía una oportunidad el sábado para poder recabar más información.

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